Hace poco murieron dos personas muy queridas para mí. No acierto a decir cómo ni cuando, simplemente, murieron. Y lo hicieron de manera agónica, una de esas muertes que no desearías ni a tu peor enemigo.
No he podido asumirlo en todo este tiempo, incluso creo que hoy no logro abarcar la magnitud de la pérdida. Pero creo que es hora de darle el entierro que en su día merecieron, y que no pude darles.
Con ellos he vivido circunstancias difíciles, que hemos superado para salir reforzados. He vivido momentos tristes, apoyándonos los unos a los otros. Y sobretodo, he vivido plenamente una época de alegrías y bienestar, cómplices todos de nuestro gozo.
Bajo mi juicio, estas dos personas han sido asesinadas. Lástima que el culpable no pueda ni podrá ser juzgado.
Ahora caerán inexorablemente en el olvido más absoluto, donde ni las mentes más valerosas y fuertes se atreverían a buscar. Y así debe ser.
Cierro este homenaje rogando al destino que no juegue a ser Dios. Lo que está muerto, muerto está.
Descansad en relativa paz, "yo" y compañera.
